
Julio pasó de deshojar los días en su calendario a mirar las horas y luego los inexorables minutos. Ayer llegó su tan esperado día, tan anhelado. Su mente sólo registra un objetivo: conseguir empleo, y bien remunerado.
Podría decirse que la intención de Julio es por demás risible. Pero su pinta es optimista. Está seguro que no formará parte del máximo histórico que ha alcanzado la tasa de desocupación en México.
“No señor. Me resisto a ser un mexicano más que viva la desdicha de formar parte de los más de 2 millones de mexicanos que no tienen chamba”, suelta a botepronto, mientras hace fila para realizar una prueba ante un jurado que determinará si es finalista y prospecto a embolsarse 150 mil pesos.
Este joven, que viajó de Guadalajara hasta el Distrito Federal, competirá por un solo puesto contra cientos de mexicanos que también quieren ese trabajo, entre ellos su primo Miguel Ángel. Ambos están a punto de egresar de las carreras de ingeniería industrial y de ingeniería mecatrónica, respectivamente.
Fueron de los primeros de decenas de hombres de todas las edades que ayer hicieron su prueba en el Palacio de Los Deportes.
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